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viernes, 4 de abril de 2014

Lo que nos hace ser venezolanos


Lo que nos hace ser venezolanos


Tenía casi tres meses sin escribir en el blog.
En tiempos tan convulsos, no tenía inspiración.
Me resultaba difícil decir algo, cuando nada está claro. 
Pero creo que cada quien debe dar su aporte.
Y quiero pensar que este puede ser el mío.


En tiempos donde sólo vemos diferencias. En tiempos donde todos contra todos (como dice el amigo Fito). Consideré que lo más sano era escribir sobre lo que nos identifica, lo que nos hace ser venezolanos. Recordar lo que nos evoca nuestro gentilicio puede llevarnos a pensar más en lo que nos une, que en lo que nos separa.

Un venezolano que se respete dice “Feliz año” hasta que llega Carnaval.
Un venezolano se persigna cuando pasa frente a una iglesia, aunque tenga años que no reza ni un Padre Nuestro.
Un venezolano no ha comenzado a sentir los primeros síntomas, cuando le prende una vela a José Gregorio.
Un venezolano desde chiquito se come el cuento del “ratón Pérez”, aunque nunca haya visto a tal roedor.
Un venezolano es el único que entiende cuando le dicen “si, Luis”, pese a que no tenga idea de quién es ese señor.
Un venezolano no cree en supersticiones, pero recibe el Año Nuevo comiendo uvas, usando ropa interior amarilla, sacando la maleta, llevando dólares en la mano “por si acaso”.
Un venezolano sabe que nada como un sancocho para devolverle el alma al cuerpo, y una cerveza para pasar el “ratón”.
Un venezolano reconoce la diferencia entre un guayoyo, un tetero, un con leche, un marrón, pero no logra prepararlo como "el portu" de la panadería.
Un venezolano espera con ansias que llegue octubre para volverse monotemático y no cesar de “chalequear” al equipo contrario hasta que se acabe la temporada de béisbol.
Un venezolano entiende que en el estadio sólo se come  “papita, maní y tostón”. 
Un venezolano se aburre cantando “Ay, que noche tan preciosa” pero lo hace para no empavar el cumpleaños.
Un venezolano  desempolva los cds de gaitas cuando llega noviembre y canta “Faltan 5 pa las 12” cuando está punto de acabar el año.
Un venezolano sabe que  no hay “pelo malo” que no ceda ante un buen secador.
Un venezolano no estrena. El venezolano se pone tremenda “pinta”.
Un venezolano sabe que no hay parrilla sin guasacaca.
Un venezolano sabe que toda "Hora Loca" marca el fin de una boda.
Un venezolano no toma una foto familiar sin antes decir: digan whisky.
Un venezolano no sabrá dónde está México pero se sabe todas las canciones del Mariachi.
Un venezolano sabe muy bien que sin cava no hay playa.
Un venezolano echa gasolina con el "vuelto" y siempre le deja algo al bombero pal café
Un venezolano se las "echa" de tener el mejor chocolate del mundo.
Un venezolano reconoce la diferencia entre un telita, un palmizulia, un guayanés, un queso e mano y duro pa rallar.
Un venezolano se manda a rezar la culebrilla, aunque no tenga idea de por qué.
Un venezolano nace con su arepa bajo el brazo.
Un venezolano lleva por dentro alma de buhonero.
Un venezolano pide la bendición. De lo contrario, que asuma las consecuencias.

Un venezolano no cree en princesas, porque aquí lo que sobran son misses.
 

(Continuará)



Mirelis Morales Tovar
@mi_mo_to
Foto: Ciudad Ccs

jueves, 9 de enero de 2014

Seamos luz en tiempos de desesperanza





Seamos luz en tiempos de desesperanza


Se me acabó el optimismo. Así, en seco.

Hoy siento una profunda desesperanza. Y ante ese sentimiento, no sé qué hacer.

Por mucho tiempo, creí que las cosas iban a mejorar, que “vendrían tiempos mejores”. Incluso en los momentos más conflictivos, siempre guardé una pequeña esperanza de que podríamos tomar otro rumbo. Y sin importar cuán pequeño fuese ese sentimiento, era suficiente para animarme a seguir creyendo que algún día tendríamos un mejor país.

Pero ya no. Mi generación no verá los cambios. Tampoco sé si lo verán la que me sigue. Y con esto no quiero ser negativa. Simplemente, comienzo a ser realista. Mis años más productivos los he vivido en medio de una infructífera confrontación política, que sólo cosechó odio, miedo, desarraigo e  incertidumbre. En ese terreno nos hemos movido y frente a eso asumimos la actitud de ir contracorriente. No más.

La realidad es esa. Y a los optimistas nos pesa. Nos pesa mucho. ¿Qué hacer frente a eso? No lo sé. El barco se fue. Y ya parece que no volverá para rescatar a quienes quedamos como exiliados en nuestra propia tierra. Así que permítanme vivir el luto. Me siento derrotada. Abatida. Incapaz de decirle a alguien: quédate, esto va a cambiar.
Pretendía dejar este texto hasta aquí. No me sentía con ánimos de alargar más estas líneas. Pero por cosas de la vida (o de Dios) me  llegó de pronto un artículo titulado: “Grafittis con esperanza por calles donde la vida no vale nada”. La verdad, no creo en las casualidades. Tenía que leer esa nota para reconfortarme, quizás. Allí la periodista presenta un proyecto de arte urbano que se hizo en un barrio de Panamá, denominado Somos Luz. Una muestra de cómo el trabajo con la comunidad puede ayudar a rescatar valores. No sé si sea un rayito. Pero en lo más profundo de mi corazón, deseo que nosotros también seamos luz... Porque donde hay luz, hay vida.
 
 
Mirelis Morales Tovar
@mi_mo_to 
 
 

SOMOS LUZ English Subtitles from boamistura on Vimeo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Las cosas que reflexiono en Caracas




Venezuela: nos queda mucho por aprender

Si, los optimistas también nos desesperanzamos. También nos sentimos abatidos. Así que dejo por un momento de levantar la bandera de la esperanza o de darle ánimos a los incrédulos que no creen en este país, para sumergirme en la tristeza. Anoche mi sensación de desasosiego era tal, que simplemente no me dejó dormir y llegué a pensar por primera vez en mi vida: porque no me fui como el resto de la gente, que sabía desde 2000 que esto acabaría mal. 

Pero ya el barco se fue, o al menos así lo siento hoy… ¿Aguantaré 6 años más? Ya serían dos décadas. Por Dios, los años más productivos de mi vida han transcurrido en un conflicto político sin fin. Entre marchas, guarimbas, paros, elecciones, protestas, intolerancia, expropiaciones, miedo, inseguridad, restricciones y mil cosas más.

Fui a votar el domingo con esperanza. Pero sin triunfalismo. Sabía que no sería fácil. Pero tampoco lo creí imposible. Pero confieso que al leer las reacciones de la oposición por la marcha oficialista del cierre de campaña dije: este país no ha aprendido la lección. Ver que la gente se refería a los adeptos al Gobierno de forma tan denigrante y clasista, me hizo entender que para algunos estos 14 años no han servido de mucho. 

Que, a esta altura, hayan personas diciendo que todos los asistentes a la marcha estaban obligados, es tener un desconocimiento profundo de la realidad del país. Negar que exista gente que sea adepta a Chávez por convicción, es vivir sesgado. Me cuesta pensar que todavía uno consiga venezolanos que piensen que las misiones no han beneficiando a nadie. No serán del todo efectivas. Cierto. Pero quien desconozca la aceptación que tienen es porque simplemente jamás ha subido un barrio. 

Por eso cuando hoy escucho a quienes se preguntan ¿Qué pasó? Pues sólo me queda pensar que simplemente no hemos aprendido lo suficiente. Que hay muchos que deben mirar un poco más allá. Venezuela no es Caracas, no es La Lagunita ni mucho menos Twitter. Somos un país divido en partes iguales y debemos aprender a mirar el otro lado.

14 años no fueron suficientes, por lo visto. Pero no necesitamos de 6 años más para saberlo. Diciembre es nuestro próximo reto. Hoy, tenemos permiso de caernos. Pero mañana no. A diferencia de otros tiempos, la oposición cuenta con un líder que dio la talla. Y que demostró el mismo domingo, su entereza. “Que ningún venezolano se sienta derrotado”, dijo Henrique Capriles. Y a esas palabras me acojo a partir de mañana. 

Hoy, permítanme vivir mi luto. 

Mirelis Morales Tovar
@mi_mo_to
Foto: Renier Otto / Últimas Noticias