
Ciudad del miedo
En memoria de Eduardo Hernández
34 personas murieron este fin de semana. Y eso según los datos que se hacen públicos. Da igual para algunos. Número más, número menos. ¡Qué más da! Gracias a Dios, no hay familia ni conocido involucrado, dicen por allí. Pero que distinto cuando dentro de esa cifra hay una persona cercana. Que vulnerables nos sentimos. Que rabia (por no decir otra cosa) le agarramos a esta ciudad del miedo.
Vivimos todo el tiempo esperando una muerta violenta. O al menos un robo, un arrebatón, un mínimo susto que nos haga aferrarnos a la vida. Así vivimos en Caracas. Con sobresalto, con incertidumbre, con sospecha del sujeto que camina detrás de nosotros. Caminamos con el rabillo del ojo clavado en quien tenemos al lado. Manejamos con el teléfono escondido bajo la pierna y con la cartera en el asiento trasero para evitar un golpe en el vidrio que exija entregarlo todo.
Sacamos dinero del cajero con la sospecha de que quien está atrás o afuera nos asaltara al cruzar la calle. Salimos de noche con la incertidumbre de no saber si volveremos. “Mucho cuidado por allí”, te dice mamá antes de salir. “Mira que la calle está muy peligrosa”, agrega antes de que salgas y se persigna al cerrar la puerta. No exagero. Así vivimos o sobrevivimos en esta ciudad. Sin calidad de vida. Sin la más mínima sensación de seguridad. Es la ciudad de la furia. La ciudad donde reina el miedo.
No hay respeto a la vida, pero tampoco al dolor. Y eso es lo más triste. La muerte del general retirado de la GN arrebató de algunos lectores comentarios tan miserable (y perdonen la palabra) como “GN...el honor ni se divisa...otro contrabandista más...” Qué importa si era GN, qué importa dónde vivía. Era un ser humano. Tenía familia, hijos, planes, sueños... La violencia, la intolerancia, el miedo está acabando con lo poco que nos pertenecía: el respeto a la vida.
Mirelis Morales Tovar